Escribir siempre es morir un poco. Es un buen modo de marcharse. Es como tener un hijo. Nosotros los creamos, pero después toman su propio camino y no hay nada que podamos hacer al respecto. Algunas veces es bonito pensar que, después de que nosotros hayamos partido, seguirán pasándoselo en grande.
Richardo Watson
- La dieta del filosofo
- La dieta del filosofo
He descubierto que me preocupa morir, no por el hecho de la muerte en sí, que en muchas ocasiones es un alivio. Sino por el dolor de los demás, y de una forma muy egoísta, por no haber dejado legado alguno.
Sé que en este momento nadie quiere abandonar la comodidad del pensamiento occidental, nos conformamos con sentarnos frente al televisor y comer, esperando por un milagro no engordarnos, a pesar de las 530 calorías de esa hamburguesa de ayer, y también por un milagro, llevar los cuerpos y las vidas fabulosas de esos personajes televisivos, cuya existencia empieza a ser cada vez más irreal.
Ya no sé que creer, yo espero, con lo más profundo del alma, que la opción correcta sea abonar la vida en un esfuerzo por cambiar el mundo o evitar el hambre, pero estas causas por si mismas ya pecan de ingenuidad. Nadie, entiendase por nadie, empresarios, industriales y toda clase de productores adinerados, quiere que el mundo cambie aunque un número indeterminado y cada vez mayor de mujeres chinas, vietnamitas, mexicanas, entre muchisimas más, trabajen hasta el agotamiento en la producción de objetos sin los cuales creemos no se puede sobrevivir.
En un libro que estuve leyendo ultimamente, la dieta del filosofo, su autor dice que cambiar por uno mismo dará ejemplo a otros y, en cierto modo, hará cambiar el mundo, pero en ocasiones me pregunto si en realidad el convencimiento autónomo llega a cumplir ese objetivo. Ya no hay demasiadas esperanzas, yo misma no he escogido mi camino para la vida y por eso me preocupa la muerte, mi muerte. Para morir bien hay que haber hecho algo.
Uno debe proponerse una meta y luchar por alcanzarla, pero, en este mundo convulsionado ya no hay nada nuevo para hacer, el consumo orgiástico, citando a uno de mis profesores de la universidad, nos domina de forma absoluta, hay tanto para hacer y por probar que ya no queremos hacer nada. Y sinceramente en muchas ocasiones yo tampoco.
Sé que en este momento nadie quiere abandonar la comodidad del pensamiento occidental, nos conformamos con sentarnos frente al televisor y comer, esperando por un milagro no engordarnos, a pesar de las 530 calorías de esa hamburguesa de ayer, y también por un milagro, llevar los cuerpos y las vidas fabulosas de esos personajes televisivos, cuya existencia empieza a ser cada vez más irreal.
Ya no sé que creer, yo espero, con lo más profundo del alma, que la opción correcta sea abonar la vida en un esfuerzo por cambiar el mundo o evitar el hambre, pero estas causas por si mismas ya pecan de ingenuidad. Nadie, entiendase por nadie, empresarios, industriales y toda clase de productores adinerados, quiere que el mundo cambie aunque un número indeterminado y cada vez mayor de mujeres chinas, vietnamitas, mexicanas, entre muchisimas más, trabajen hasta el agotamiento en la producción de objetos sin los cuales creemos no se puede sobrevivir.
En un libro que estuve leyendo ultimamente, la dieta del filosofo, su autor dice que cambiar por uno mismo dará ejemplo a otros y, en cierto modo, hará cambiar el mundo, pero en ocasiones me pregunto si en realidad el convencimiento autónomo llega a cumplir ese objetivo. Ya no hay demasiadas esperanzas, yo misma no he escogido mi camino para la vida y por eso me preocupa la muerte, mi muerte. Para morir bien hay que haber hecho algo.
Uno debe proponerse una meta y luchar por alcanzarla, pero, en este mundo convulsionado ya no hay nada nuevo para hacer, el consumo orgiástico, citando a uno de mis profesores de la universidad, nos domina de forma absoluta, hay tanto para hacer y por probar que ya no queremos hacer nada. Y sinceramente en muchas ocasiones yo tampoco.